# Andrés Eloy Blanco: una fuerza que ama, a 60 años de su muerte

> El 28 de enero de 1928, Charles Lindbergh aterrizó el Spirit of St. Louis en la pista para caballos del Hipódromo Nacional de El Paraíso, en Caracas, y unos días después el poeta Andrés Eloy Blanco ingresó como reo en La Rotunda, la más cruel de las cárceles del dictador Juan Vicente Gómez.  Lindbergh, después

Por Ylich Carvajal Centeno / [email protected] · 21 de mayo de 2015 · Ciudad

El 28 de enero de 1928, Charles Lindbergh aterrizó el Spirit of St. Louis en la pista para caballos del Hipódromo Nacional de El Paraíso, en Caracas, y unos días después el poeta Andrés Eloy Blanco ingresó como reo en La Rotunda, la más cruel de las cárceles del dictador Juan Vicente Gómez. 

Lindbergh, después de haber realizado su histórico vuelo entre París y Nueva York, visitó países de la América Latina y en Venezuela fue recibido por Gómez en persona, quien le otorgó la orden Libertador y lo colmó de agasajos.

Los medios reseñaron con grandes titulares la visita del aviador,**y Andrés Eloy compuso el poema titulado El águila y el bagre, en abierta alusión a Lindbergh (el águila) y a Gómez (el bagre).** Con un humor de terciopelo se burlaba de la ignorancia y la vejez del dictador. La juventud universitaria de entonces convirtió aquellos versos en una consigna contra la tiranía, pero su autor debió llevar grilletes de 80 libras por varios meses.

No era la primera vez que Andrés Eloy pisaba la cárcel, ya había sido detenido unos años antes, cuando apenas tenía 16 años, por participar en las protestas estudiantiles que se desataron tras el cierre de la Universidad Central de Venezuela y, a los 22, volvió a La Rotunda por manifestarse activamente contra la invasión alemana a Bélgica.

**Ya sabía, además, de exilios y prisiones porque su padre, el médico pediatra Luis Felipe Blanco, fue llevado a la cárcel y posteriormente confinado a la isla de Margarita**por el dictador Cipriano Castro, en 1903, por apoyar las actividades revolucionarias de su amigo el general Nicolás Rolando Monteverdi.

Andrés Eloy tenía 7 años y debió mudarse con su familia desde su natal Cumaná a Porlamar. Entre el mar insular y el mar de tierra firme probablemente comenzó a gestarse en su imaginación el Canto a España, el poema con el que en 1923 ganó los Juegos Florales de Santander (Cantabria, España).

Era un concurso hispanoamericano patrocinado por la Asociación de Prensa de Santander que tuvo como jurado a la Academia Española de la Lengua y un premio en metálico de 25 mil pesetas. Era el primer reconocimiento internacional que se le otorgaba a un joven poeta venezolano, pero el mejor premio, como él mismo lo dijera, fue la oportunidad del viaje.

Andrés Eloy cruzó**“el mar de occidente, el mar de Colón”** sobre el que había florecido su poesía como un árbol enorme y, en España, conoció a Juan Ramón Jiménez, a Federico García Lorca, a Concha Espina y entra en contacto con los movimientos literarios de entonces, que le ayudan a cambiar su percepción sobre la poesía.

Pero, además, de las 25 mil pesetas y la oportunidad de salir del aislamiento intelectual en el que se encontraba Venezuela por la dictadura gomecista, Andrés Eloy recibe un premio adicional.

Era 1923 y Andrés Eloy tenía 26 años. La dictadura vio la oportunidad de atraer al joven poeta galardonado en España al entorno de **El Bagre y le ofreció un cargo diplomático, pero lo rechazó** cortésmente alegando tener poco interés en la política. Lo cierto era que ya había asumido otro compromiso con el río de las siete estrellas: Río de las siete estrellas,/ camino del Libertador,/ sangre del Corazón de América,/ ¡aorta que no sale del corazón!

Y unos años después, el 14 de febrero de 1946, en el discurso para inhumar los restos del poeta Juan Antonio Pérez Bonalde en el Panteón Nacional, deja aún más claro su compromiso con la poesía y la política diciendo: “Ya sabéis que la historia de la responsabilidad del intelectual venezolano es una triste historia de soledad irresponsable ilustrada por figuras señeras y valientes. Unos, culpables y otros, indiferentes. La historia de nuestros despotismos y nuestros cacicazgos nos llega siempre apadrinada por los intelectuales sembradores del mito providencial del domador de turno; siempre plantando un hombre para comer sus frutos, siempre contrabandistas de mentiras, pasándole un contrabando al tirano y otro al pueblo, filibusteros del argumento sociológico, piratas de la gendarmería tutelar, guardia civil del pensamiento esclavo”.

Para la fecha, 1946, había muerto Gómez, el “gendarme necesario” como lo consideraba Laureano Vallenilla Lanz y Rómulo Betancourt se había aliado con un grupo de militares para dar el golpe contra Isaías Medina Angarita, un año antes, en 1945.

**A pesar de que Andrés Eloy y Rómulo Gallegos no compartieron la acción betancurista de derrocar a Medina**, se obró a favor de mantener la unidad y el 17 de diciembre de 1947, el autor de**Píntame angelitos negros y las Uvas del tiempo**, los poemas por los que quizás lo conocen la mayoría de los venezolanos, es nombrado presidente de la Asamblea Nacional Constituyente que abría de redactar nuestra primera constitución democrática.

**“Más que un político”**, dijo en el acto de juramentación, **“soy un hombre de letras, un poeta prestado por la poesía a la política**, en nombre de la responsabilidad del pensamiento”, pero luego, en algunos artículos periodísticos, comentando el hecho de que había abandonado un poco la vida de poeta para concentrarse en el trabajo político, Andrés Eloy escribe: “La política, pues, me obliga, como un arte. Tiene, para los que creemos que ella no ha de ser pasión y mezquindad, toda la fuerza vocacional de un arte”.

Y de hecho, en toda su obra, lo político y lo social siempre van en una rítmica danza con la creación de belleza. De igual forma, su obra que se considera fundamentalmente política, como Barco de piedra y Baedeker 2000, poemarios que escribió con grilletes en los pies tendido en el suelo de La Rotunda, es extrañamente hermosa, porque recrea la vida de los prisioneros, sus angustias, sus dolores, sus temores, pero también su inquebrantable convicción en la lucha, su deseo de libertad y justicia, expresado en el mismo hecho de hacer poemas, de encender una luz en un lugar tan tenebroso como una prisión gomecista.

En 1933, Andrés Eloy, que había sido trasladado en el 29 al castillo de Puerto Cabello y luego confinado a los pueblos de Timotes y Valera por sus evidentes problemas de salud, puede regresar a Caracas, pero la dictadura le deja claro que tiene la ciudad por cárcel. No se le permite escribir en la prensa, ni hablar por radio, ni publicar sus poemas.

Perseverante como siempre, se entregó entonces a las tertulias litetarias que para la época se solían organizar en las casas de familia de Caracas. Contó, con el humor que lo caracterizaba, que en una oportunidad, por uno de estos recitales domésticos, casi lo devuelven a La Rotunda. **El público asistente comenzó a pedirle efusivamente que recitara su poema La renuncia (**He renunciado a ti/ no era posible/ fueron vapores de la fantasía…), “y yo que estaba algo escamado de recitar ese poema, respondí sin prudencia: No tiene gracia que me pidan la renuncia a mí. ¿Por qué no se la piden a este niño?

Y es esa, precisamente, otra constante en la poesía de Andrés Eloy, el humor, la ironía, que se aprecia con claridad en sus palabreos, en los que apela a las formas del cantar popular, pero que, incluso, no falta en sus poemas considerados políticos o líricos como Florinda en invierno y Pleito de amar y querer: “No hay hombre que supere/ a la versión que de ese hombre/ da la mujer que lo quiere,/ Ni existe mujer tan bella, ni existe mujer tan pura/ como la que se figura/ el hombre que piensa en ella”.

Andrés Eloy decía “el pueblo venezolano se mueve al ritmo de dos motores esenciales: la emoción y el humor, hacerle reír un poco, hacerle llorar un poco, basta para que él se ofrezca todo, abiertos sus fuertes brazos de trabajador.**Y un pueblo que sepa juntar esas dos formas de expresión con tan absoluta espontaneidad será siempre un gran pueblo”.**

Si Venezuela tiene un poeta nacional, un poeta del pueblo, ése es sin dudas Andrés Eloy Blanco, porque en sus poemas no solo está la geografía nacional, los llanos de Venancio Laya y La vaca blanca, los Andes de La loca Luz Caraballo, sus cartas poemas a Udón Pérez, su Cumaná y el mar Caribe, el Orinoco, su selva y su bestiario, sino que, además, está el alma venezolana, el sentir del pueblo negro que aún espera que pinten angelitos negros, el pueblo indio de Invocación al dios de las aguas y La Parima y la fuente, la herencia española del Mar de España y los Poemas peninsulares y un afecto especial por los hijos, por los niños, que en sus poemas es tan recurrente como sus metáforas con los árboles. 

**Él, que recién graduado de abogado en 1920 se fue a los llanos a ejercer la profesión y actuó en defensa de los derechos de la señora Francisca Vásquez de Carrillo**, en quien se inspiró Rómulo Gallegos para crear el personaje de Doña Bárbara, que recorrió el país declamando sus poemas como campaña electoral para elegir a Rómulo Gallegos presidente de la República y luego fue su ministro de relaciones exteriores, se describe, se ve a sí mismo como un árbol, con las raíces más profundas de nuestra identidad, habría que agregar.

En la madrugada del 21 de mayo de 1955, en México, en donde se encontraba exiliado por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, al salir de un homenaje póstumo a Alberto Carnevalli, murió en un accidente de tránsito. 60 años después, **solo si uno se sumerge hasta el fondo del mar de su poesía y se deja empapar por su belleza y su compromiso social y político, puede entender a que se refería Alí Primera cuando en su canción hablaba de la traicionada poesía de Andrés Eloy.**

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**Fuente:** https://panorama.onl/ciudad/andres-eloy-blanco-una-fuerza-que-ama-a-60-anos-de-su-muerte-20150520-0057.html
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