# REPORTAJE /  Patología del inmigrante afecta tanto a hombres como mujeres

> El 13 de marzo de 2015, Pilar Rodríguez, diseñadora gráfica, se subió a un avión con destino a Panamá, con la gran esperanza de abrirse a un futuro mejor. Empaquetó dos maletas y dejó atrás sus 37 años de vida en Maracaibo. Por su cabeza no pasó que apenas al llegar a su destino

Por Maidolis Ramones Servet · 18 de junio de 2016 · Ciudad

![REPORTAJE /  Patología del inmigrante afecta tanto a hombres como mujeres](https://panorama.onl/app/uploads/ba57bf7a5e37fa46.jpg)

El 13 de marzo de 2015, Pilar Rodríguez, diseñadora gráfica, se subió a un avión con destino a Panamá, con la gran esperanza de abrirse a un futuro mejor. Empaquetó dos maletas y dejó atrás sus 37 años de vida en Maracaibo. Por su cabeza no pasó que apenas al llegar a su destino comenzaría a sufrir de depresión crónica, estrés, llanto incontrolable, sensación de fracaso y pérdida a montones de cabello.

Según  un estudio presentado en el seminario El Reto de gerenciar al talento en Venezuela de la Cámara Venezolano-Americana (Venamcham), 1,8 millones de venezolanos ha emigrado en los últimos 10 años; mientras los cálculos realizados por el investigador y sociólogo del Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Simón Bolívar, Iván de la Vega, indican que el aumento de venezolanos que viven en el extranjero es de más del 2.000%.

Se marchan del país con optimismo. Para muchos que han sellado el pasaporte, emigrar es sinónimo de éxitos profesionales, económicos, personales y sociales, pero luego se encuentran con una realidad que no estaba en la lista: El Síndrome del inmigrante, también conocido en el ámbito psiquiátrico como Síndrome de Ulises.   La psicóloga Paqui Lozano Roldán explica que los primeros factores desencadenantes de esta patología lo representan la soledad y la separación de los seres queridos.

“Es un duelo migratorio. Un estado en el que el ser querido no se ha perdido, pero está lejos. Aunado a ello, por lo general, en el país de acogida siempre estará en el último escalafón, ocupará trabajos más precarios y tendrá una situación social más baja”, dijo.

A ello se suman otros factores como dejar la patria, el clima, costumbres y cultura, circunstancias que tienden a provocar tristeza, culpabilidad, insomnio, ideas de muerte y soledad.

Pilar cuenta que su nostalgia comenzó desde el mismo día que partió. En el Aeropuerto Internacional de La Chinita de Maracaibo se despidió de su familia. “Le pedí a mi madre que no fuera (para no morirme o matarle de dolor). Dejé mi casa, a mis padres, a mi hermana mayor con su bebé, a mis amadas gatas. Dejé a mi familia en un día y en medio de un inmenso duelo, un revoltijo de cosas y sensaciones nuevas acompañadas de oraciones a la Chinita y a Dios: ‘Papá Dios bendice mi locura”, relata.

A Panamá llegó al apartamento de una amiga que tenía ya meses allí y que le ofreció cobijo por unos días, mientras ubicaba un cuarto. 

“Esa noche casi no dormí. El otro día fue peor. No quería salir del cuarto. Me desperté llorando con la sensación de que había cometido el error de mi vida, había dejado todo y no llevaba mucho dinero, los ahorros de mi vida estaban en juego, irse del país es duro, es borrar todo lo que has hecho. Afuera no eres nadie”, asegura.

La semana siguiente se fue a un apartamento tipo estudio de otra amiga. Cuenta que dormía junto con ella y su esposo en un colchón inflable. Lloraba todos los días en las mañanas al despertar. Se me caía el pelo a montones, me  enfermé del estomago”.

A pesar de que se asesoró, su título de diseñadora gráfica poco le servía. No encontraba trabajo en ningún lugar. Hasta hizo unas piñatas para salir a venderlas, pero tampoco tuvo suerte. ¿Resultado?, síndrome en aumento. 

De acuerdo con la ONU, los países más seleccionados por los venezolanos a la hora de emigrar son España, EE UU, Panamá, Colombia, Canadá y Chile.

“La xenofofia es algo que contribuye al Síndrome del emigrante. Cada sociedad y cultura tiene su propia forma de expresión, música, modo de hablar, expresiones corporales, manera de vestir y comportarse. Solo el no poder expresarse correctamente genera una sensación de inseguridad”, señala la socióloga Carmen Bracho.

Estos cambios culturales los vivió en carne propia Ower Alexander Oberto cuando se mudó a la provincia de Latina, al oeste de Italia. Era un poblado tranquilo, nada que ver con la inseguridad que se vivía en Venezuela, pero Ower tenía “el chip” metido en su cerebro. Le abrumaba cuando tenía mucha gente cerca y colocaba su mochila hacia adelante temiendo que alguien se la arrebatara.

Ahora vive en Toronto, Canadá y la situación de su paranoia es igual, aunado a ello se suma el problema del idioma: “Ya tengo un poco más de dos años acá y parece que apenas me hubiera bajado del avión. Aunque recibo clases de inglés, cuando me toca hablar muchas veces no me entienden, que si el acento, que si la entonación. Es algo muy frustrante. Lo que para mí significa algo, para ellos significa otra cosa, y se presta para malos entendidos. Es una sensación de falta de identidad”.

El Estudio Social y Demográfico de Inmigrantes con Síndrome de Ulises realizado por el Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados de la Universidad de Barcelona (España) revela que la patología del inmigrante afecta casi igual a hombres (53,1%) que a mujeres (46,8%), se aparece más frecuentemente en el estrato de la población de 17 a 44 años (79,8%), la padece el 50% de los inmigrantes y el 46,9% de los pacientes es latinoamericano. 

Aunque ahorita con las redes sociales existe una comunicación con la que no se contaba en otras décadas, nada sustituye al contacto físico.

Por eso, Elisa Urdaneta, otra marabina de 23 años, a pesar de que se fue hace nueve a California, EE UU, luego de que su padre, un ingeniero mecánico, experto en el ámbito petrolero, se quedara sin trabajo, todos los días recuerda las lágrimas que derramaron al momento de despedirse ella y su hermano mayor, quien se quedó en Venezuela.

“El cambio cultural es muy fuerte. Vi cosas terribles y a las que no estaba acostumbrada: El tráfico de drogas en el liceo y gente con problemas de autoestima. Odiaba el liceo, hasta que mi papá decidió comprar casa y me cambiaron a otro mejor. Sin embargo, después de clases, llegaba a mi casa a sentarme horas en la computadora a comunicarme con mis amigos y familiares. Me volví adicta a los recuerdos y al internet. Pasé por etapas de depresión que me ocasionaron una obesidad severa”, asegura.

¿Qué hacer? Félix Gómez, médico con posgrado en orientación de la conducta con formación en salud mental, asegura que afortunadamente el ser humano tiene neuroplasticidad. Entendiendo esto como la función del cerebro de cambiar, transformarse neurológicamente, lo que implica cambiar sus funciones para adaptarse al nuevo contexto cultural, lingüístico y social parte de los rituales de maduración e iniciación  del   viajero por nuevos mundos.

Para la psicóloga Paqui Lozano Roldán, la mejor manera de prevenir o combatir el Síndrome de Ulises es recomendar a la población inmigrante que busque ayuda con asociaciones de compatriotas o de inmigrantes, ya que cuentan con servicios de orientación y apoyo psicosocial. Lo ideal o aconsejable —explica— es que el inmigrante no inicie un proceso de culturalización de forma forzada y obligada, sino que realice un proceso adaptativo de forma más pausada, en el que conserve los valores de su país de origen e incorpore aquellos nuevos del país de acogida con los que se encuentre más cómodo”.

Afortunadamente, tras un año de lucha (que a ella le parecieron cinco) la diseñadora Yuny encontró un empleo en un buen diario de Panamá, Ower Oberto trabaja como secretario de una ONG (Organización No Gubernamental) y un programa de asentamiento llamado «Settlement Program» para Latinos viviendo con VIH, mientras el papá de Elisa Urdaneta ha logrado estabilizarse laboralmente. A pesar de ello “la espinita” de no estar en su país sigue lastimándoles de vez en cuando pero les reconforta saber que pueden enviarle algunos “dolaritos” a la familia que quedó en Venezuela.

Entre tanto, Isolda González, marabina y docente en Orientación, quien se fue a Panamá, aún sigue sufriendo el duelo de la separación: “Es muy difícil estar lejos. Y, en un país de tránsito como éste, donde convergen tantas nacionalidades, la conducta de un inmigrante enseguida es estigmatizada. No hay individualidad. Venezolanos, chilenos, colombianos… Todos somos metidos en el mismo saco: Extranjeros… Hijos de la lejanía”, asevera con impotencia y tristeza.

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**Fuente:** https://panorama.onl/ciudad/REPORTAJE---Patologia-del-inmigrante-afecta-tanto-a-hombres-como-mujeres-20160618-0010.html
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