# Jacinto Convit: La lucha contra la lepra fue una cruzada por la vida

> Trabajo publicado el 12 de junio de 2014 “La lucha contra la lepra fue una cruzada que devolvió los derechos humanos a unos pacientes discriminados, incluso por sus propios familiares. Trabajamos duro hasta que logramos levantar las soluciones por encima de los problemas”. El médico venezolano Jacinto Convit, quien este martes cumple un año de fallecido,

Por Redacción WEB · 12 de mayo de 2015 · Ciudad

![Jacinto Convit: La lucha contra la lepra fue una cruzada por la vida](https://panorama.onl/app/uploads/9b3172cf33b69c25-1.jpg)

**Trabajo publicado el 12 de junio de 2014**

“La lucha contra la lepra fue una cruzada que devolvió los derechos humanos a unos pacientes discriminados, incluso por sus propios familiares. Trabajamos duro hasta que logramos levantar las soluciones por encima de los problemas”.

El médico venezolano Jacinto Convit, quien este martes cumple un año de fallecido, describió en un video exclusivo su meticulosa e intensa lucha para encontrar la vacuna contra la estigmatizada enfermedad.

No solo la consiguió, sino que fue nominado al Premio Nobel de la Medicina, ingresó a la lista de los hombres más valiosos de la Organización

Panamericana de la Salud y recibió el Premio Príncipe de Asturias.

Murió el pasado 12 de mayo de 2014, a los 100 años de edad y con el fijo pensamiento de que “la vida es muy corta”. A un mes de su partida física, hoy le rendimos un homenaje presentando su narración de cómo cambió la historia de unos pacientes condenados a un aislamiento compulsorio.

“Nací en Caracas. En la parroquia La Pastora, y los familiares que tuvieron más influencia fueron mi madre, mi padre y mi tía, que indudablemente se ocupaban mucho de mí. Eran un tipo de padre y de madre extremadamente dedicados al hogar. Entonces crecimos en un ambiente muy familiar.

No puedo decir de la vida en Caracas porque tuvimos una vida muy limitada en un área que era La Pastora y no era fácil salir para diferentes sitios de Caracas. Pero en La Pastora había una serie de aspectos de interés. Jugábamos trompo de madera, de guaral y perinola. Había una iglesia bella, que era la iglesia de La Pastora, donde nos reuníamos periódicamente grupos de niños a jugar, a asistir a misas, comuniones y otras cosas.

En 1932, me fui a inscribir para estudiar medicina en la Universidad Central de Venezuela. En esa oportunidad el rector era Rodríguez Rivera, nombrado por Juan Vicente Gómez. Aunque fue nombrado por un dictador y era un hombre sólido, fuerte de carácter y muy educado, no había nada de injusticias y cosas de la dictadura.

Los estudios se desarrollaron una parte en el edificio de la antigua UCV e indudablemente tuvimos unos profesores muy competentes.

Salimos de la antigua universidad y nos trasladamos al Hospital Vargas. Eso fue ya después de haber pasado el segundo y tercer año. En donde está ahorita la placita del hospital hicimos los estudios clínicos, autopsias y anatomía topográfica.

Después del cuarto año entramos en un área importante que era medicina interna, donde teníamos la responsabilidad de velar por el cuidado de los enfermos de las salas del Hospital Vargas.

En el año 1938 me gradué de doctor en ciencias médicas. Del grupo nuestro, donde habíamos quedado como unos 36, solamente yo me gradué de doctor en esta categoría y el resto de médicos cirujanos.

Cuando salí,  fui nombrado médico residente de la leprosería de Cabo Blanco, que era un hospital grande cercano a la población de Maiquetía y cuyo terreno actualmente ocupa una parte del aeropuerto internacional Simón Bolívar.

Esa estadía en Cabo Blanco fue larga, muy larga. Estuve 15 años ahí, porque me dediqué a estudiar todos los aspectos relacionados con la lucha antileprosa. Realicé un viaje a Brasil porque quería comparar lo que ellos hacían con lo que nosotros hacíamos y llegué a la conclusión de que era necesario cerrar las leproserías.

Los enfermos eran aislados a la fuerza, legalmente, pero a la fuerza. Era lo que se llamaba aislamiento compulsorio, donde el enfermo e inclusive los familiares sufrían la presión de las autoridades sanitarias y esto ocasionaba una situación lamentable.

Estudiando esto dentro de la leprosería, donde había cerca de 1.200 enfermos, llegamos a la conclusión de que era necesario eliminar las leproserías como procedimiento de lucha contra la enfermedad.

Entonces ¿Qué hicimos? Me acerqué a la Universidad Central y hablé con un grupo de estudiantes, jóvenes que estaban cursando cuarto o quinto año de medicina, y vamos a decir que los engatucé pues. Les dije que juntos podíamos hacer un trabajo muy importante como era acabar con la hospitalización compulsoria y catequicé ocho estudiantes, que trabajaron conmigo en la leprosería durante largo tiempo.

Laboramos en conjunto para organizar la forma cómo debíamos transformar a Cabo Blanco. Primero en un centro de tratamiento de la enfermedad de lepra. No en un área de esas de discusión de si debían casarse o no. Nada de eso. Lo que debíamos hacer era organizar lo que entonces era una leprosería en un centro de tratamiento y curación.

Trabajamos por los menos cinco años solo buscando un tratamiento adecuado y en este tiempo hicimos contacto con otros países, entre los cuales estaban Brasil, Filipinas e Inglaterra, que tenían muchas colonias donde habían leproserías.

Nos propusimos trabajar conjuntamente unos con otros y se determinó que un medicamento, la Diamino-dífenil-sulfona, era importante para la curación del enfermo. Posteriormente agregamos otra droga que era la clofazimina. Con dos medicamentos tratamos y curamos a una serie de personas.

Le demostramos al, entonces, Ministerio de Sanidad que la lepra era curable. Presentamos un nuevo plan de cómo debía realizarse el control de la enfermedad y ese nuevo plan era principalmente tratar a los enfermos en las áreas donde vivían para no separarlos de la familia, evitando esa tragedia que era trasladar a una persona a la fuerza a un hospital abandonando a los suyos, y hago énfasis en eso porque era una de las principales causas de que existiera un prejuicio tremendo contra la enfermedad en la sociedad misma.

Para llegar a esa conclusión y desarrollar un nuevo sistema de tratamiento en las leproserías se estableció un laboratorio de exámenes médicos con el fin de que siguiéramos a los pacientes de acuerdo con la evolución de los casos. También organizamos un laboratorio de producción de medicamentos porque no los podíamos adquirir pues no estaban en las farmacias.

Organizamos un sistema de producción de medicamentos en el sentido de que se produjeran los comprimidos que tenían 100, 50 o 25 miligramos.

No era una labor fácil. Afortunadamente contamos con grandes colaboradores y los estudiantes establecían un ambiente como de esperanza, lucha y estímulo, y advierto que los mismos pacientes eran las únicas personas que nos ayudaban en la leprosería. Esa etapa fue uno de los aspectos del cambio de la hospitalización compulsoria por tratamiento ambulatorio, control familiar y educación de las poblaciones para evitar la transmisión. Una serie de medidas que fueron estableciéndose por intermedio de la Organización Mundial de la Salud en el ámbito global”.

La científica norteamericana Elenora Stors descubrió la lepra en un tipo de armadillo en EE UU. Convit inoculó el bacilo de la enfermedad en estos animales y obtuvo el Mycobacterium Leprae, que mezclado con la BCG (vacuna de la tuberculosis), produjo la vacuna que no solo era curativa si no también preventiva. Fue el fin de un estigma milenario. Un aporte indescriptible para la sociedad y los pacientes con lepra de todo el mundo.

“La leprosería de Cabo Blanco fue mi segunda universidad. Allí aprendí cómo sufre el ser humano por estar enfermo, qué representa para una persona que en un momento dado pueda estarlo y salí convencido que sentirse sano o luchar por estarlo era una de las cosas más importantes para el ser humano.

Como actitud ante el paciente surge la importancia que tendría precisamente tratarlo en una forma familiar. Con el respeto mutuo que merecen los seres humanos unos con otros, para que él se dé cuenta que tiene un amigo en el médico, quien va a luchar porque él mejore y eso tan importante lo trae lo que podríamos llamar la formación humanística del médico que es necesario reforzar intensamente.

Nuestra misión es hacer un esfuerzo por los otros seres que necesitan ese esfuerzo. Y la profesión médica es la que da la mayor posibilidad de que se pueda expresar el amor a la gente.

por

La profesión médica no es para dedicarse exclusivamente a producir dinero o a tener alegrías en la vida. El que la abraza debe tener el conocimiento de que él es un servidor público y en uno de los aspectos más importantes de la sociedad.

Cuidar la salud de la población es uno de los esfuerzos más importantes que un país puede hacer, pero es necesario que el médico responda a esa importancia y debe ser educado en esa forma. No es solo una educación tiene que ser un convencimiento profundo de que eso es así. Esto lo digo como un aconsejo a todos los estudiantes y espero que lo abracen con pasión”.

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**Fuente:** https://panorama.onl/ciudad/Jacinto-Convit-La-lucha-contra-la-lepra-fue-una-cruzada-por-la-vida-20150512-0006.html
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